
John Solheim, Director Ejecutivo de Ping Golf, propuso el pasado mes de diciembre una alternativa a los problemas de distancia que están viviendo muchos campos de golf alrededor de todo el mundo. El dato más representativo son las más de 290 yardas de media que promedian los jugadores del PGA Tour, traducido en reformas que se han visto obligados a hacer campos con la historia del Augusta National, demasiado cortos para los bombarderos de hoy día. El problema no se queda ahí. Los jugadores aficionados también han visto aumentada considerablemente su distancia desde el tee de salida y la tendencia en la arquitectura de campos de golf es de fabricar campos de dimensiones gigantescas.
La propuesta de Solheim ante esta situación es la de añadir a las bolas que utilizamos en la actualidad dos tipos más: unas que permitan hacer treinta yardas menos de distancia y otras que permitan hacer treinta más. La avalancha de reacciones no se ha hecho esperar y merece la pena echar un vistazo a algunas de ellas. Mike Davis, Director Ejecutivo de la USGA, declaró en Golfweek días después: “Tenemos una creencia desde hace más de 100 años, que exista un conjunto de reglas para todos los golfistas es uno de los factores que ha hecho este juego tan fuerte.”
Esta primera reacción se basa en un principio muy firme, el de competir todos los jugadores en las mismas condiciones. Según la propuesta de Solheim este principio no se vería vulnerado, pues los jugadores del PGA Tour podrían seguir jugando el mismo tipo de bola que en la actualidad, es decir, todos en la misma situación. Si mantener el mismo conjunto de reglas se basa en no cambiarlas nunca, Mike Davis tiene toda la razón del mundo: la propuesta de Solheim quebrantaría la normativa; pero si se trata de que un aficionado, un niño de doce años o una persona de setenta no juegue con la misma bola que un profesional del PGA Tour, la iniciativa del CEO de Ping no parece corromper “la tradición del golf”, sino enriquecerla.
Y es que esta iniciativa no va enfocada tanto al mundo profesional y competitivo como al amateur. Mientras que algunas voces han afirmado que los torneos femeninos serían más mediáticos si se jugaran con una bola que produjera más distancia, es muy interesante ver qué ocurriría con una bola que produjera menos. Al fin y al cabo es lo que se ha perdido en los últimos años, en los que parece que cualquier jugador es capaz de enviar la bola a distancias antes inimaginables.
En unos años en los que la construcción de campos de golf prácticamente ha frenado en seco y el dinero no abunda, muchos recorridos se están jugando de una forma distinta a cuando se diseñaron, es decir, son un reflejo de lo que fueron. La alternativa es remodelarlos (por no decir alargarlos) pero no hay presupuesto. Aquí el principio de Solheim de “es mucho más fácil ajustar la bola al campo que el campo a la bola” se cumple a la perfección; no sólo es más fácil, sino también es más barato.
Los tres motivos más comunes por los que una persona suele dejar de jugar al golf son “es demasiado difícil, caro y requiere demasiado tiempo jugar.” En cuanto a la dificultad, es una barrera que distingue a las personas a las que de verdad les gusta este deporte y las que no. Les gusta jugar al golf por la dificultad que implica y no a pesar de ella. Pero en cuanto al precio y el tiempo requerido para jugar, una bola que produzca menos distancia podría ser beneficiosa para el juego.
Solemos decir que el golf es muy caro, sobretodo cuando se trata de un campo privado y exclusivo para unos pocos socios. Esto es debido, en parte, a la tradición del golf, que como en otros deportes (como el fútbol o el tenis) comenzó siendo un deporte elitista; pero también es debido al precio del suelo. No es lo mismo construir un campo de fútbol (90 metros de largos y 60 de ancho en muchos casos) que un campo de golf de 70 hectáreas que además, requieren de importantes cuidados. Una bola más corta implicaría que esa superficie pudiera ser menor. Si en vez de campos de más de seis mil metros se construyeran otros con unos 30 metros menos por hoyo se podrían considerar terrenos para nuevos campos que hoy día parecen de juguete.
Un campo más corto también supone menos tiempo requerido para jugarlo. En la mayoría de ocasiones, los jugadores que suelen parar el ritmo de juego de un campo son los menos experimentados. Solemos recordar los pares 3 como los momentos de mayores esperas pero donde de verdad se entretiene un jugador que acaba de empezar es en los pares 5, es decir, los hoyos más largos. Un campo más corto ayuda también a que el ritmo de juego sea más fluido.
Hay más de una forma de que el golf evolucione, y la propuesta de Solheim es muy positiva, en tanto que abre un debate al alcance de todos. ¿Votos a favor?
Más Información | A Long Term Response to Distance (Golf Digest)
Las grandes multinacionales encantadas con que haya variedad de bolas, palos y lo que haga falta. Yo me decanto por poner límites al material, en especial a los drivers ( 460 c.c. es una barbaridad), los lofts ( no tiene sentido más de 60º) y el material de las bolas, con un límite de vuelo. La longitud de los campos siempre de puede arreglar variando los tees. Que es dificil el golf eso ya lo sabemos, que es caro depende del como y el donde pero no tiene porque serlo y si lleva mucho tiempo jugar pues se juegan 9 hoyos o se obliga a jugar mas fluido, que falta hace. Saludos.
Me sumo, al menos en parte al comentario de dsdiego. No hacen falta tres bolas, lo que hace falta es poner límites al driver, bajándole volumen máximo, COR o lo que haga falta. Más sencillo e igual para todos. A los pros les quita distancia y a los amateurs nos da exactamente igual porque de todas formas íbamos a hacer slice o hook al bosque así que mejor.
Lo de alargar los campos lo único que está consiguiendo es matar al golf, a base de aumentar costes y tiempos, solo para que a un 0,001% no pueda llegar a green de dos en los pares cinco. Absurdo.