Steve Stricker tiene cuarenta y cuatro años. Su historia como profesional es totalmente atípica, y al igual que Miguel Ángel Jiménez, su juego parece ganar quilates con la edad. Se hizo profesional en 1990, después de graduarse en la Universidad de Illinois, a los veintitrés años. Le costó seis años más conseguir una victoria en el PGA Tour (Kemper Open), la segunda (Motorola Western Open) llegó solo dos meses más tarde. Hasta ese punto todo indicaba que la carrera del estadounidense iba a ser meteórica y que los triunfos se repetirían cada año, sin excepción.
No fue hasta el año 2009 cuando ese supuesto se cumpliera. Stricker se desató y en tan solo cinco meses obtuvo tres victorias. Todo parecía ir al revés. Tenía cuarenta y dos años y lloraba en el green del 18 cuando conseguía ganar. ¿Cómo lo hacía? La respuesta se volvía evidente al verle jugar. Hay muy pocos jugadores en el golf profesional que igualen a Stricker en algunos aspectos de su juego.
Solo promedia 289 yardas (264 metros) desde el tee de salida, ocupando el puesto 113 de la clasificación. Tampoco su precisión es milimétrica, al coger un 62% de las calles. Sin embargo promedia 69,36 golpes por vuelta, el tercer mejor resultado del PGA Tour en 2011 por detrás de Luke Donald y Webb Simpson. Si sus salidas no son precisamente buenas y consigue hacer tan pocos golpes solo puede significar que su juego corto es impecable.
A medida que Stricker jugaba el PGA Tour se ha vuelto más y más afilado en los greenes. Era imposible que con el paso de los años su distancia aumentara, y aún construyendo un swing consistente como una roca la historia nos dice que a partir de los cuarenta, el rendimiento de los jugadores decrece. Era la única salida que tenía para seguir ganando. El mayor talento de Stricker, al igual que el de Donald, no resultó ser su consistencia o su potencia desde el tee de salida. Ni siquiera con los hierros en la mano. Su principal virtud llegaba cuando se encontraba cerca o dentro de los greenes.
Parece una exageración pero es un dato real: cuando pega un golpe que está entre las 50 y las 125 yardas a green, Stricker la deja a una media de 4,5 metros. Basta con que el americano esté en mitad de la calle para que se esté cocinando una buena oportunidad de birdie. Si además, como esta semana en el Hyundai Tournament of Champions, la deja un poco más cerca del green (entre las 50 y 75 yardas), esa distancia media apenas sobrepasa el metro de distancia.
Pero de nada sirve dejarla cerca si luego no la emboca, ¿no? Tiene el segundo mejor promedio en “golpes ganados putteando” del circuito, también por detrás de Donald. Esa es la razón por la que ganó en Kapalua su decimosegundo torneo en el PGA Tour, la misma por la que se ha convertido en uno de los mejores jugadores de su país y es un temido jugador en match play. Cuando el golf se reduce a golpes de 125 yardas como máximo, Stricker es el mejor.
Su historia, como os contaba, es atípica porque esconde detrás una gran constancia. Muchos se hubieran conformado con mantener la tarjeta al ver que a los cuarenta años contaban con cuatro victorias en el PGA Tour. Él prefirió hacer que la calidad de su juego corto se disparara. Un torneo en 2012, otra victoria de Stricker. Las seguimos sumando.
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En Fuera de Límites | Material viejo que sigue sumando victorias
No tiene nada de desperdicio lo que comentas Enrique. Hablamos de un jugador que no es una estrella rutilante ni despliega glamour alguno fuera del campo, por lo que -tal vez- mediáticamente no le prestemos mucha atención, pero es el primer norteamericano (puesto 5º después de su victoria en Hawai) en el ranking mundial y su juego corto -como dices- es impresionante y eso además de poseer un swing bastante peculiar y que me recuerda mucho al de la jugadora norteamericana Juli Inkster (otra ilustre veterana como él). Le he podido ver en el Hyundai Tournament of Champions manteniendo una lucha feroz con Jonathan Byrd y seguro que, si hablaramos de otros, estaríamos recomendando ver las vueltas que ha hecho para ponerlas como modelo de estrategia y rendimiento en el juego corto.
Es que de 100 metros para abajo es el que menos golpes hace. Para eso es un auténtico crack. Si en un par 4 falla la calle puede tirar de tres golpes a green y tener muy buenas oportunidades de salvar el par. Si su juego largo fuera más preciso: número 1.